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Tres años atrás se había desatado una guerra.  No era de esas que se veían en la tele,  en las que se involucraban las naciones más importantes del mundo.   Era una batalla invisible,  librada de puertas hacía dentro.

Nadie recordaba a las víctimas,  todos deseaban obviar las tragedias.

Óscar huyó durante el primer ataque, cuando aún tenía 17 años, llevando sólo lo que cogían en sus estrechos bolsillos.  Y aunque le costase,  decidió no mirar atrás.

“¡NUNCA  SALDRÁS DE ESTA CASA CON VIDA!”

Esa había sido la primera nube negra,  la tragedia que lo hizo huir.

Óscar había dejado atrás los planes,  sus esperanzas y todo lo que le había rodeado.   Desde entonces sólo miraba al frente, vivía el presente, torturado por acciones que no había podido evitar, porque a fin de cuentas, él no había sido especial, no había sido lo suficientemente valiente para luchar.

La noche anterior había llegado a un viejo almacén,  un lugar abandonado en medio de la nada,  donde sólo tres paredes recordaban su antigua función.  Como siempre,  Óscar cerró los ojos,  sin saber si aquella sería la última vez que vería el mundo.  Si moría aquella noche, por lo menos tendría un fin tranquilo.

Pasaron las horas, y con ellas vino el frío amanecer.

El movimiento de las palomas despertó a Óscar, que miró agitado a todos los lados, buscando el sonido. No había nadie con él, o eso creía.

-Respira chico,  aquí nadie viene a por ti, al menos no para matarte – dijo una voz ronca desde las sombras de una pared próxima.

Óscar se giró,  hacía tiempo que no se encontraba con nadie.  Durante su viaje, su sombra había sido su única compañía.

-¿Cómo puedes estar tan seguro de eso? – susurro Óscar.

La extraña voz empezó a andar hacía él.  Al salir de las sombras,  Óscar vio que se trataba de un hombre mayor, quizás tendría 55 o 60 años, delgado, con pelo canoso y un traje oscuro.

-Por qué se lo que estás pasando, y quiero ayudarte – dijo mientras se acercaba lentamente a Óscar –  Además, con 5 céntimos no puedes llegar muy lejos. Tengo chicles en el bolsillo que valen más que eso.

Óscar no sabía que quería el extraño. Era mejor no confiarse,  y estar preparado para huir.

-Deje de creer en las hadas madrinas hace tiempo.

-Y yo en los reyes magos, así que estamos en el mismo bando – El extraño miró con detenimiento a Óscar – Mira, dejémonos de chorradas y vayamos al grano.  Se quién eres Óscar,  conozco tu historia, tu potencial, ese que tu no conoces todavía.  Quiero ayudarte a encontrarlo y a recuperar ese futuro que te quitaron.

Óscar no sabía lo que hacer,  ni lo que decir.   Se había colocado en una posición defensiva, con los puños en alto.  Si tenía que luchar, lo haría, pero tampoco descartaba huir.

-Si estuviera en tu lugar, yo también pasaría de las ideas del primer loco que se me acercase –  el extraño levantó su mano derecha, como si eso fuera una especie de juramento-  No estoy loco, te lo prometo.

El extraño sacó una tarjeta plastificada de su chaqueta y la tiró al suelo, a los pies de Óscar.  Sin dejar de mirar a su oponente, se agachó a recogerla.

-Mi nombre es Requena – dijo el extraño con una calma inusual para la situación –  Trabajo para la corporación I.D.E.A.S,  y te estamos buscando desde hace tiempo.

En la tarjeta se leía eso,  el nombre, un número de teléfono y  en la parte de arriba un logo junto a las palabras: Investigación y Defensa del Entorno Actual y  Superior.

-Ese nombre no fue idea mía- Requena comenzó a reírse de su propia broma-  con suerte se darán cuenta de lo ridículo que suena y lo cambiarán algún día, si me hacen caso de una vez.

-¿Qué queréis de mi? – dijo Óscar.

-Ayudarte,  para que nos ayudes, ¿no me estás escuchando? – dijo con Requena con el mismo tono que se utiliza para tranquilizar a los niños pequeños y a las fieras salvajes – Descubrimos de que eras capaz hace tiempo,  pero por desgracia no pudimos ponernos en contacto contigo antes.  Tú puedes contribuir a nuestro último proyecto,  ayudarnos a acercar lo imposible a nuestro mundo, ayudar a mejorarlo.

Óscar dejo la tarjeta en el suelo y comenzó lentamente a andar hacía atrás.  A los pocos pasos su espalda tocó otra de las paredes del viejo almacén.  Él no era especial, nunca lo había sido.  Su infancia había consistido en una constante reafirmación de este hecho.  ¿Qué quería una empresa de él?  Estaba claro que nada bueno.

-Yo no soy nadie – dijo nervioso – Te habrás equivocado de persona,  yo no sirvo. No…

Requena se llevó las manos a la cabeza.  Este chiquillo le estaba sacando de quicio y su táctica no funcionaba.

-Menuda gilipollez.  Eres un maldito superviviente, si estás aquí es por algo – su tono de voz estaba cada vez más alterado –  Tu tienes la capacidad de cambiar las cosas. Además no sólo te preocupas por ti,  también intentas crear un mañana mejor por lo que yo sé.

-Los mañanas mejores sólo existen en los cuentos de Disney.

Requena estaba alcanzando el límite de su paciencia, tenía que sacar su última baza.  Óscar buscaba con las manos alguna piedra suelta de la pared, la situación se iba a poner muy fea.

-Déjate de idioteces chico,  es por tu bien y lo sabes. ¿Quieres seguir viviendo entre ruinas por el resto de tu vida? Por mi perfecto. Nosotros te damos la opción de mejorar tu situación.  De ser alguien nuevo.  De poder hacer algo importante.  Si me acompañas comenzarás un programa intensivo de 18 meses en los que descubrirás que vales más de lo que te piensas. Te daremos un sitio para vivir, comida, ropa, lo que te haga falta. ¿Estás preparado para salvar al mundo?… ¿Para salvarla a ella?

Óscar se quedó petrificado.  No hacía falta nombres,  nunca lo había hecho.  Su pasado le había perseguido siempre, por eso huyó.  Y aunque fuera improbable, aunque fuera una idiotez,  si podía reparar el incidente,  esa primera nube negra que acabó con ella,  a lo mejor todo cambiaría.

-¿Cuál es tu respuesta? – dijo Requena con una sonrisa burlona al ver la expresión de Óscar.

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